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El descanso como una deuda más

Stańczyk, Jan Matejko, 1862. Museo Nacional de Cracovia.

Además de sentir que ni habiendo dormido bien, ni de vacaciones, ni con una siesta se descansa, hoy el descanso parece haberse sumado a la lista interminable de deberes morales cotidianos.

Ejercitarme.
Cocinar.
Comer saludable.
Ser un adulto ‘funcional’.
Ser el empleado del mes.
Cumplir los anhelos
Ahorrar, pero también disfrutar del dinero
Ser hijo, madre, padre, amigo, pareja.
Seguir mis pasiones y no olvidarlas.

Y, además, lo que ahora es un mandato cotidiano: hacer espacio para descansar y disfrutarlo plenamente.

La ‘orden’ que recibimos todos los días de conquistar el bienestar, en lugar de operar como alivio, parece estar funcionando cada vez más como reproche: una exigencia imparable, una fantasía de poder ganarle al cansancio en el cuerpo.

El descanso se espera como se esperaría el resultado de un proyecto: Un éxito absoluto, superar los efectos de la vida que llevamos en una siesta de 20 mins, en un día ‘libre’, en una pausa activa, o en unos días de descanso.

La autocensura (y la vergüenza) de admitir que seguimos cansados incluso después de dormir bien, tras un día libre o después de las vacaciones, moraliza nuestra sinceridad y nos empuja a proteger y sostener el secreto del cansancio colectivo.


¿Por qué, si hoy más que nunca tenemos acceso a videos, tutoriales y discursos sobre cómo cuidarnos, cómo comer mejor, cómo dormir mejor, cómo sentirnos más libres o más jóvenes, nos sentimos cada vez más cansados y siempre cansados?

Tal vez, para empezar, necesitamos descansar del modo automático de un lenguaje pesado, que arrastramos con esfuerzo, o anestesiados de nuestra propia verdad corporal para demostrarnos a sí y a los otros el rendimiento incluso en el tiempo del descanso.

Que tal vez recibimos dosis encubiertas de exigencias y pedidos, que no notamos pero que nos piden responder y reaccionar. El teléfono, la noticia, el trabajo, el mundo.

Los discursos actuales de bienestar que hacen ‘pedagogía’ de cómo relacionarnos, cómo vernos, cómo ser, están siendo en cada minuto una vara que nos mide y solicita policiacamente cuentas de qué tanto estamos cumpliendo.

La virtualidad en medio de toda la maravilla que nos ha entregado, también nos ha propuesto formas confusas de estar para los otros. Se asume que la presencia nuestra para todos es instantánea, al alcance de un mensaje permanente.

Eso nos ha gustado, pues ha respaldado nuestra sed de control en las relaciones y la fantasía de tener al alcance de nuestras manos lo que necesitemos.

Solo que ese control también es solicitado a nosotros, el sacrificio es nuestra forma de estar, nuestro tiempo le pertenece incondicionalmente a los dispositivos que no solo nos activan con un mensaje de una persona conocida. Entrar a alguna red social y tropezarnos con una noticia fatal, el anuncio de alguna injusticia, un comentario de un extraño; activan en nosotros una demanda de la que no podemos escapar: nos sentimos comprometidos y obligados a decir algo y a sentir algo.

¿Cómo no estar exhaustos?

Dormir más o irnos de vacaciones (aunque necesario e irrenunciable) está viéndose ridículamente corto en relación al malestar que tenemos en frente y en nuestros cuerpos.

Esa insuficiencia, ese cuerpo que se pronuncia a pesar de una racionalidad fáctica que dice «ya descansé», señala que hay una conversación que no puede ser callada ni con sueño, ni con ocio, ni con descanso.

El cansancio persiste y regresa tras un cuerpo aliviado por el ocio, el sueño, el entretenimiento, porque hay algo que tiene para decir y no ha encontrado el camino hasta nosotros.

Está siendo claro que la pregunta no es: ¿Qué más hacer para descansar mejor? de esto ya tenemos un instructivo sin fin.

¿Cómo construimos un afuera que nos permita desobedecer tantas expectativas agotadoras?

¿Cómo imaginar un descanso enraizado y sostenible?

Cómo sentir otra vez nuestro cuerpo siendo tan solo un cuerpo,

uno vivo.

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